Por Pilar Yuste Cabello
Espiritualidad del cuerpo. Parece contradictorio. No lo es. Lo parece por el peso de siglos de una teología y una piedad basada en la negación e incluso en el castigo corporal. Acaban siendo más significativos que la reflexión liberadora sobre el cuerpo, y por ello ésta resulta especialmente necesaria, aunque es triste dedicar tiempo en hablar de algo obvio.
Somos cuerpo, y sólo desde esta realidad podemos articular nuestra experiencia religiosa, nuestra liberación, nuestra felicidad. Sólo desde ahí nuestra identidad, la vida.
En este artículo pretendo reflejar la trascendencia, nunca mejor dicho, de un tema que, afortunadamente está comenzando a ser muy bien abordado especialmente desde la teología feminista. Son muchos los interrogantes que suscita, muchos caminos que se abren como análisis y como itinerario espiritual.
Toda realidad puede ser reinterpretada en clave corporal, pero esa nueva mirada no es neutra:
- La perspectiva paradójica de una sociedad que comienza a reconciliarse con la corporeidad, pero que por un lado llega a rendir culto al cuerpo, y por otro lo cosifica y mercantiliza. Personas que se someten cada año a varias intervenciones quirúrgicas para transformarse a base de bisturí y silicona, turismo sexual, niñas que prefieren morir a engordar, etc.
- La misma teología que durante siglos ha recelado de toda sensación y realidad corporal y especialmente sexual (y en ello sigue, haciendo una auténtica cruzada contra algo tan teológicamente secundario como el preservativo), es la que ha fundamentado un secular compromiso de una Iglesia que con amor ha acogido, limpiado, sanado, alimentado y liberado a tantas personas en sus necesidades, tal como aborda Benedicto XVI en la segunda parte de la encíclica Deus caritas est
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