Por Silvia Martínez Cano. Mujeres y Teología de Madrid.
El evangelio de Juan, es un evangelio muy bien estudiado, está lleno de símbolos. La última parte, que narra la pasión, muerte y resurrección de Jesús es un bloque narrativo entero que comienza con una mujer y termina con otra. Comienza con María de Betania, que, estando Jesús en su casa, coge un frasco de perfume y lo derrama sobre la cabeza de Jesús. es un gesto que significa la unción de la persona, su elección para una misión importante vinculada a Dios. Lo lógico es que lo hubiera hecho un sacerdote o un profeta, pero no, Jesús rompe hasta con esto y lo pone en manos de una mujer, alguien que no tiene valor ante la opinión pública. María está simbolizando toda las experiencias que Jesús y sus discípulos y discípulas van a vivir hasta la resurrección. Es la historia de un romperse por los demás, derramarse sobre los otros y deshacerse en un olor que es el olor de Dios. La narración termina con otra mujer, María Magdalena, que pese a que la historia ha terminado en fracaso, aún reúne fuerzas para seguir haciendo cosas. Ya no le queda nada que perder, porque lo ha dado todo por Jesús. En la madrugada del domingo se acerca de nuevo a ungir el cuerpo de Cristo, el elegido que se ha destrozado por nosotros. Pero la sorpresa es que ya no necesitará derramar el perfume, porque Dios nos muestra que Jesucristo, su perfume más preciado, ya ha sido derramado sobre nosotros, criaturas queridísimas por Dios, y esta acción de derramarse siempre da frutos. ¡Jesucristo, perfume de Dios, ha resucitado! afilemos el olfato para sentirle a nuestro lado.