Mari Fe Ramos
Nazaret era una aldea muy pequeña
y pobre, situada en la ladera de una montaña de Galilea. De allí no podían salir
profetas (Jn 7, 52), incluso los judíos se
preguntaban si de ahí podía salir algo bueno (Jn 1, 46). Los pintores, a lo
largo de la Historia, se han encargado de ofrecernos unas imágenes idílicas de la casa de María,
pero la realidad es que la gente vivía en
cuevas naturales de la ladera de la montaña.
La sociedad, en tiempos de
María, era como una pirámide, dividida en grupos sociales muy rígidos. En la cúspide se encontraba el sanedrín, presidido
por el sumo sacerdote. En el lado opuesto se encontraban los grupos marginados:
extranjeros, pecadores, enfermos de todo tipo, y, en cierto modo, mujeres y
niños.
Desde el momento del nacimiento
quedaba patente la marginación de las
mujeres, por el modo de reaccionar los vecinos y el propio padre del bebé. Si
había nacido un niño se entonaban cantos
de júbilo y se felicitaba al padre. Si había nacido una niña había un silencio
profundo y la gente le decía al padre de familia: “Que el próximo sea varón”.
Se consideraba que “la semilla se había desperdiciado”.
El padre de familia reaccionaba
como amo y señor de la vida. La ley decía: “Si
es un varón, tenlo, si es una niña, exponla”. El libro de Ezequiel dice: “Te arrojaron a campo abierto…” (16, 5).
Eso significaba que podían “exponer” a
las niñas, o sea, sacarlas fuera de la población y dejarlas a la
intemperie, a merced de cualquier animal
que las devorara o de alguna persona que quiera recogerlas (para bien o para
mal).
El nacimiento de una niña era considerado un castigo,
porque había que vigilarla: “es una
secreta inquietud, la preocupación por ella aleja el sueño” (Eclo. 42,9). “El padre no está obligado a alimentar a su
hija”; “El mundo no podría existir sin varones y sin hembras, pero ¡feliz aquel
cuyos hijos son varones! Y ¡ay de aquel cuya descendencia son hembras!”
¿Cuál era la clave de esta
desigualdad? Las mujeres no podían ser circuncidadas, por eso no podían
recibir el signo de la Alianza con Dios (Gn. 17, 10-11). Sobrecoge pensar
cómo Dios comenzó una nueva alianza a través de una joven adolescente de
Nazaret, una mujer sencilla, que vivía
en una zona pobre y de mala fama.
A las niñas se les consideraba
mayores de edad a los once años y un día, pero no se celebra ninguna fiesta. A los
chicos, cuando cumplían trece años y un
día, se les hacía una gran fiesta y se les consideraba adultos a todos los
efectos.
Las niñas eran casadas en la
adolescencia. A la hora de buscarles marido, ellas eran tasadas trozo a trozo, para pagar menos por
ellas, y poder rebajar su valor ante cualquier pequeño defecto que tuvieran.

El
marido era el dueño y señor de la mujer. Era su ba’al (que significa:
propietario, amo, señor, dios, dueño, marido) y la mujer era be’ulah (poseída). El matrimonio significaba
“hacer uso del recipiente”. Cuando Jesús quiso cambiar algunos aspectos del
matrimonio le replicaron: “Así no trae
cuenta casarse” (Mt 19, 10). Lo que traía cuenta era casarse gozando los
varones de todos los privilegios que habían adquirido a lo largo de siglos. Por
ejemplo, las mujeres no podían
repudiarlos, ni siquiera si ellos
eran adúlteros. En caso de peligro de muerte había que salvar primero al
marido.
Sin embargo, los comentarios a
la ley recogen muchas causas que permitían a los maridos repudiar a sus mujeres:
por ejemplo, que las mujeres se entretuvieran junto a la fuente o que se les
quemara la comida. Debían ir cubiertas siempre con el velo, si se lo quitaban
para salir a la calle podían ser repudiadas, y no se les devolvía la dote
acordada para el repudio. Para una mujer
repudiada era tan difícil volver a casarse que muchas veces tenían que
dedicarse a la prostitución para sobrevivir.
A las mujeres se les pedía un
comportamiento intachable, para que sus padres y esposos se sintieran
orgullosos de ellas.
Si la novia se quedaba
embarazada antes del matrimonio, una vez comprometida, el novio tenía en su
mano varias opciones:
- Si el hijo era del novio se adelantaba la
ceremonia de la boda
- Si el novio afirmaba que el hijo no era suyo, la
novia podía ser apedreada, lapidada. De nada servía el testimonio de la mujer.
- Si el novio reconocía que no era el padre de la
criatura, pero no quería que lapidaran a
su novia, debía huir muy lejos, lo que suponía una vergüenza pública para él y
para toda la familia.
- La posibilidad de que el novio aceptara al niño
como hijo, sin serlo, era algo
extraordinario. José no eligió lo más fácil, ni lo que estaba bien visto en su
tiempo.

El nacimiento de un hijo varón confería su dignidad a las mujeres, que
pasaban a ser “reconocidas” porque habían engrandecido al pueblo. Pero en
ningún caso podían decir “la gran oración”, ni
llevar filacterias, ni recitar la bendición de la mesa. Tenían que cumplir la Ley, pero no estaban obligadas
a cumplir algunos mandamientos que les abrían su “horizonte vital”, por
ejemplo: ir a Jerusalén. Todo el pueblo tenía que ir al Templo de Jerusalén a
presentarse ante Dios, excepto: “sordos,
idiotas, niños, hombres con los órganos escondidos, andróginos, mujeres, esclavos, cojos, ciegos,
viejos, enfermos y los que no pueden caminar”.
Se
les prohibía estudiar la Torá, porque se creía que las mujeres eran
incapaces de comprenderla. Un cometario
de la ley decía: “Quien enseña a su hija
la Torá es como si le enseñara obscenidades”. Y otro añadía: “Que las palabras de la Torá sean destruidas
por el fuego, antes que enseñárselas a las mujeres”.
María, como el resto de las
mujeres de su tiempo, oiría a los varones que oraban tres veces al día, en voz
alta, dando gracias a Yahvé, porque “me
has hecho hebreo, no me has hecho mujer, no me has hecho ignorante”. Y
tendría que aprenderse de memoria versículos de la Torá, porque no puedo
estudiarla ni leerla.